Actuar contra el ruido también es cambiar nuestros hábitos

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Jerónimo Vida*

El ruido hace tiempo que adquirió en las ciudades el protagonismo que la sociedad tiene reservado sólo para las principales formas de contaminación urbana. Sin embargo, a pesar de tantas y tantas campañas de sensibilización y formación para luchar contra la contaminación acústica, hay un mensaje que no llega a calar con la profundidad necesaria: lo que hacemos y cómo lo hacemos, nuestros usos y costumbres, son una de las causas principales del ruido urbano. Tomar conciencia sobre el ruido no es sólo denunciar o protestar, es también participar. Es cambiar hábitos, es usar más el transporte público, es dejar nuestro vehículo en casa, es manifestar respeto hacia el vecino en nuestras emisiones acústicas, es cambiar horarios, es preservar los sonidos naturales del entorno, y así un largo etcétera relacionado con la actividad que llena nuestra propia vida.

Uno de los principales objetivos de toda la normativa acústica que se ha desarrollado a partir de la Directiva 2002/49/CE, sobre evaluación y gestión del ruido ambiental en Europa, es reducir la población expuesta a niveles excesivos de ruido. Aunque pueda parecer un escenario complicado, en realidad no lo es tanto y los resultados obtenidos hasta ahora a partir de la gestión sostenible del ruido urbano, nos permiten ser optimistas.

Indudablemente quedan cosas por hacer, pero es importante el camino recorrido y su principal consecuencia, que la situación actual diste mucho de ser tan caótica como cuando en 1996 la Comisión Europea publicó su Libro Verde estableciendo las bases de la política futura de lucha contra el ruido en Europa, referencia bibliográfica usada masivamente como argumento en estudios e informes acústicos. Seguramente les sonará aquello de “…80 millones de personas están expuestas a niveles de ruido que los científicos y los expertos sanitarios consideran inaceptables…” o la también recurrente frase “…170 millones de ciudadanos viven en las llamadas zonas grises, en las que los niveles de ruido son tales que causan una molestia importante durante el día…”. La Comisión Europea, basándose en resultados científicos avalados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ponía el ruido en su punto de mira. Era la primera vez que el gran público oía hablar de ruido asociado a un empeoramiento de la salud. La fuente era de tal solvencia, que no admitía dudas: el ruido entraba fuerte en nuestras conciencias como un factor clave, condicionante de nuestra calidad de vida. Sin embargo, es hora de cambiar los argumentarios acústicos. Es hora de hablar de un escenario menos pesimista, más controlado y mejor gestionado, pero igualmente necesitado de actuaciones.

Hablemos primero del ‘haber’, de lo que se ha hecho. Hemos avanzado mucho en la gestión de la contaminación acústica, hasta alcanzar cotas de sostenibilidad ciertamente importantes. Los modelos urbanos para la gestión del ruido ya no consideran este elemento contaminante de forma aislada. El tratamiento sostenible de la contaminación implica también hacer las cosas de tal forma que la prevención adquiera más protagonismo que la remediación, aprovechar al máximo la información y los recursos, coordinar planes y programas y buscar permanentemente sinergias. En el caso del ruido todo esto se materializa mediante una gestión en la que la movilidad, el transporte, las emisiones contaminantes a la atmósfera, el consumo energético, el diseño de los edificios o el propio diseño urbano, por mencionar sólo algunos, son elementos tenidos en cuenta transversalmente en todas y cada una de las acciones que se proponen para prevenir, controlar y remediar la contaminación acústica.

Hablemos ahora del ‘debe’, de todo aquello que no nos permite bajar la guardia y nos motiva para seguir trabajando. De elementos para el debate y la reflexión que da contenido al grupo de trabajo (GT-10) de acústica de Conama 2014.
Mucho se ha avanzado en el conocimiento de los efectos que el ruido tiene en la salud de las personas. Hoy día no sólo se habla de molestia, estrés o falta de concentración. Entran en escena efectos asociados al ruido tan tangibles, dispares y preocupantes como el aumento del nivel de colesterol, del riesgo de mortalidad cardiovascular, de la mortalidad por diabetes, de la mortalidad por enfermedades respiratorias, del riesgo de obesidad… Resultados que van poniendo sobre la mesa algo que, por otra parte, resulta evidente hoy día: el ruido procede de las fuentes acústicas presentes en lo que hacemos (desplazamiento, trabajo y ocio) y consumimos (recursos, energía, productos y servicios), fuentes que normalmente acompañan sus emisiones acústicas con otras formas de contaminación o que implican el funcionamiento de otras fuentes igualmente contaminantes. La más evidente quizá sea la vinculación entre calidad acústica y calidad del aire, pero no es la única.

Circunstancias que nos han llevado, por ejemplo, a que el Parlamento Europeo publicara el pasado mes de abril una nueva directiva que impone límites más rigurosos al ruido provocado por el motor de los vehículos y a que la propia directiva de gestión del ruido de 2002 se encuentre actualmente en fase de revisión. Una revisión que tendrá en cuenta todo lo aprendido hasta ahora y que permitirá afrontar con garantías de éxito los nuevos retos acústicos que se presentan en el siglo XXI. Entre ellos la modelización acústica mediante el empleo de técnicas y procedimientos comunes en toda Europa, el denominado modelo CNOSSOS, que ya está en sus últimas fases de desarrollo antes de proceder a su implantación definitiva previsiblemente en 2015. También la inclusión de la variable acústica en el propio diseño urbano (planificación urbanística) o en el de su sistema de transporte (planes de movilidad urbana sostenible).

Tampoco podemos perder de vista que nuestra calidad de vida está íntimamente ligada al ambiente que nos rodea, que condicionan el éxito de cualquier propuesta de acción si no se considera ésta desde un punto de vista amplio. Un planteamiento novedoso que nos lleva a reflexionar sobre lo que es o no es contaminación acústica, a valorar si un determinado ambiente acústico hay que conservarlo o no, pues el verdadero concepto a proteger es el “paisaje sonoro” que rodea a la persona y le hace vivir bien, rodeada de emociones, recuerdos y sentimientos que mejoran su calidad de vida.

Por eso tiene mucho sentido hablar de contaminación acústica en Conama 2014 y hacerlo, además, bajo el enfoque marco del congreso: innovación y tecnología para una economía baja en carbono centrada en nueve ejes estratégicos. Alcanzar bajas emisiones contaminantes, incluidas emisiones de gases de efecto invernadero, es algo que está íntimamente relacionado con la demanda de energía de la sociedad y el uso que se hace de la misma. Esto, a su vez, está fuertemente condicionado por las características de nuestra sociedad, su biodiversidad, nivel de desarrollo, planificación urbanística o consumo de recursos y la gestión que se hace de los mismos. Y el ruido es un factor a tener en cuenta en todos y cada uno de estos procesos, presente en todas y cada una de estas actividades, un elemento fundamental en todos y cada uno de estos desarrollos. Innovación y tecnología en los productos y servicios que den respuesta a los problemas de la sociedad con un único objetivo: proteger a la persona y mejorar su calidad de vida. Y formando parte de ella, la calidad del ambiente acústico.


*Jerónimo Vida Manzano trabaja en el Departamento de Física Aplicada de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada y coordina el grupo de trabajo de Acústica de Conama 2014.

Imagen: idlphoto (Flickr)

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